Un hombre sentado al borde de un rascacielos hecho de montones de documentos y currículums, sosteniendo una figura geométrica colorida e irregular mientras intenta hacerla encajar en un plantilla de CV rígida, con papeles volando sobre una ciudad nublada al fondo.

Recuerdo perfectamente el día que todo se detuvo. Habíamos pasado meses, quizá años, construyendo un ecosistema digital que funcionaba como un reloj. Junto con mi hermano, logramos encontrar esa pequeña grieta en el sistema: una página web de nicho, enfocada en temas de empleo y programas sociales, que logramos monetizar con Google AdSense y tráfico de Facebook. Nos iba bastante bien. Tanto, que esa se convirtió en nuestra principal actividad económica y en nuestra zona de confort.

Yo estudié Negocios Internacionales, pero siendo honesto, el título se quedó guardado en un cajón. Nunca ejercí la carrera de manera formal o tradicional. Lo que realmente me daba de comer era una mezcla extraña y autodidacta de habilidades: un poco de marketing digital por intuición, otro poco de tecnologías de la información que fui aprendiendo a base de prueba y error, y mucha curiosidad. Juntando esos “retazos” de conocimientos, logramos levantar un proyecto rentable.

Pero el internet es un terreno prestado. Un día, sin previo aviso, las políticas de la plataforma cambiaron. No nos percatamos a tiempo de los ajustes en los lineamientos, y de un momento a otro, la cuenta fue cerrada. Cero ingresos. Cero proyecto. Cero rutina.

El primer golpe fue, obviamente, el económico. Pero el segundo golpe, el que de verdad te quita el sueño a las tres de la mañana, fue el impacto psicológico frente al mercado laboral. Cuando la adrenalina inicial bajó y me senté frente a la computadora, abrí un documento en blanco en Word con la intención de actualizar mi currículum. Me quedé mirando la pantalla parpadeante durante una hora.

¿Qué diablos iba a poner ahí?

Si abres cualquier portal de empleo en México —llámese OCCMundial, Computrabajo o LinkedIn—, te das cuenta de que el mundo corporativo está obsesionado con las etiquetas cuadradas. Buscan un “Analista Financiero Senior con 5 años de experiencia en SAP”, o un “Gerente de Marketing con especialidad en campañas B2B y certificación vigente”. Las empresas buscan trayectorias lineales, predecibles, de manual.

Yo no tenía eso. No había un solo anuncio que dijera: “Buscamos a alguien que haya logrado monetizar una página con AdSense mezclando estrategias de redes sociales y SEO empírico”.

De pronto, te das cuenta de una realidad brutal: lo que hacías te funcionaba perfecto a ti, bajo tus propias condiciones, pero allá afuera, en el mundo de los Recursos Humanos, parece no valer nada. Tienes habilidades, sí, pero no están perfeccionadas bajo un estándar corporativo. No tienes certificaciones rimbombantes ni referencias de jefes en papel membretado. Tienes resultados, pero no sabes cómo traducirlos al idioma de las vacantes.

Esa sensación de vértigo y desamparo no es exclusiva de los que emprendemos en digital. Le pasa a muchísima gente, mucho más de lo que creemos.

Hace un tiempo platicaba con una amiga que vivió una crisis casi idéntica, pero desde una trinchera totalmente distinta. Ella trabajó durante varios años en la Fiscalía del Estado. Un puesto burocrático, con reglas muy claras, en un ambiente que, aunque pesado, le daba seguridad. Un día decidió que ya no quería esa vida. Renunció a su plaza, se separó del cargo y decidió emprender un negocio de organización de fiestas y eventos.

Pasar de expedientes legales a mesas de dulces y logística de salones es un salto al vacío. En medio de esa transición, con toda la incertidumbre respirándole en la nuca, me hizo un comentario que se me quedó grabado para siempre. Me dijo, medio en broma y medio en serio: “Mira, voy a intentar sacar adelante este emprendimiento. Si de plano no lo logro, pues entonces aunque sea me tocará ir a pedir trabajo a un OXXO”.

Esa frase no era un desprecio hacia el trabajo en tiendas de conveniencia. Era la manifestación pura del miedo al “síndrome del encasillamiento”. Lo que ella estaba diciendo en realidad era: “Si esto fracasa, no sé si alguna otra empresa me quiera contratar. No sé hacer otra cosa, o al menos, no tengo cómo comprobar que sé hacer otra cosa”. El OXXO representaba en su mente el único lugar donde la aceptarían sin exigirle conocimientos previos, sin pedirle una especialización corporativa y sin juzgar los “huecos” en su trayectoria profesional.

Y es que así nos han educado. Creemos que si no hemos trazado una carrera sólida, ininterrumpida y altamente especializada, el día que nuestro proyecto falle —o el día que nos despidan de ese trabajo rutinario que hicimos por diez años— todo el sistema se va a colapsar y tendremos que empezar desde el subsuelo.

Pero, ¿hasta qué punto es esto cierto? ¿Realmente nuestra experiencia no sirve para nada solo porque no tiene un nombre corporativo de moda?

El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) y diversos estudios sobre el mercado laboral en América Latina han señalado repetidamente un fenómeno interesante: las empresas se quejan de que no encuentran talento, mientras que millones de personas se quejan de que no encuentran empleo. Esta desconexión ocurre, en gran medida, porque estamos hablando idiomas distintos. El problema no es que tú o mi amiga de la Fiscalía no sepamos hacer nada útil; el problema es que nuestro currículum no sabe cómo vender lo que sabemos hacer.

Cuando estás años en una misma actividad, ya sea administrando una web de nicho o llevando el control en una dependencia de gobierno, desarrollas lo que los reclutadores llaman soft skills y transferable skills (habilidades blandas y transferibles). El truco para sobrevivir a esta incertidumbre es dejar de intentar vender la “herramienta” y empezar a vender la “habilidad”.

Retomemos mi caso con la página de AdSense. Si yo iba a una entrevista y decía “sé monetizar con AdSense”, probablemente me descartarían. Pero, ¿qué requería realmente mantener esa página a flote? Requería analizar volúmenes masivos de datos para entender qué artículos atraían a la audiencia. Requería gestionar presupuestos limitados para pautar en Facebook y obtener un Retorno de Inversión (ROI) positivo. Requería investigar tendencias sociales todos los días y adaptar el contenido a las cambiantes políticas de Google.

Si te das cuenta, ya no estoy hablando de “una paginita de AdSense”. Estoy hablando de Análisis de Datos, Gestión de Proyectos Digitales, Optimización de Presupuestos y Resolución Crítica de Problemas. Eso es exactamente lo que busca un coordinador de marketing, un analista de operaciones o un estratega de negocios.

Lo mismo ocurre con la historia de mi amiga. Si su negocio de fiestas no prosperara y tuviera que buscar un empleo formal, su error sería abrir su CV diciendo “Hacía fiestas infantiles y antes estaba en la Fiscalía”. Esa narrativa la destruye. En cambio, si analizamos fríamente su trabajo, ¿qué hacía en realidad? En la Fiscalía desarrolló atención al detalle, cumplimiento estricto de normativas, manejo de información confidencial y trabajo bajo presión extrema. En su emprendimiento desarrolló negociación directa con proveedores, gestión de logística de eventos, administración de presupuestos en tiempo real y atención al cliente para resolver crisis de último minuto (porque en un evento siempre algo sale mal). Si ella toma todo eso y lo plasma en papel, no es alguien que “solo puede ir al OXXO”. Es una Coordinadora de Operaciones o una Gestora de Logística sumamente capaz. Solo es cuestión de saber cuándo tu experiencia laboral no tiene el nombre correcto y ajustarlo sin mentir.

El verdadero reto cuando te enfrentas al abismo de reinventarte profesionalmente no es volver a la universidad a cursar una carrera de cuatro años. No se trata de borrar tu pasado ni de sentir vergüenza por esos “destellos” de habilidades que fuiste recogiendo en el camino. Se trata de un ejercicio profundo de introspección y estrategia.

Si hoy estás en esa posición donde sientes que la actividad económica que te sostenía se acabó y tienes pavor de no encajar en otra cosa, necesitas replantear tu enfoque.

Primero, olvídate del currículum cronológico tradicional. Ese formato solo sirve para la gente que ha tenido una carrera en línea recta: Auxiliar, luego Analista, luego Coordinador, luego Gerente en la misma industria. Si tu camino ha sido un zigzag, un CV basado en fechas solo va a resaltar tus periodos de inactividad o tus cambios bruscos de sector. Lo que necesitas es optimizar tu perfil frente a los filtros de los reclutadores utilizando un currículum funcional, estructurado por bloques de competencias. Agrupa tus logros bajo títulos universales como “Liderazgo de Proyectos”, “Estrategia Comercial” o “Gestión Operativa”, independientemente de si los adquiriste emprendiendo, en una oficina de gobierno o levantando un sitio web.

Segundo, tienes que perderle el miedo a apropiarte de tu historia. Muchos de nosotros sufrimos del síndrome del impostor porque sentimos que si no tuvimos un jefe formal supervisando nuestro trabajo de 9 a 6, lo que hicimos “no cuenta”. Una de las lecciones más duras que aprendí después de perder aquella cuenta de monetización es que el mercado laboral no te va a dar el valor que tú mismo no te des primero.

No es fácil. El miedo de sentir que tus años de esfuerzo fueron en una dirección que ya no existe es paralizante. Sentir que, de pronto, es demasiado tarde para volver a empezar puede nublarte el juicio y hacerte aceptar la primera oferta precaria que se te cruce por desesperación.

Pero recuerda esto: las empresas hoy se enfrentan a crisis constantes. Los mercados cambian, las tecnologías evolucionan (ve lo que está pasando con la inteligencia artificial) y los métodos tradicionales se vuelven obsoletos en meses. Alguien que solo sabe hacer una cosa de manera mecanizada es mucho más vulnerable que alguien que, como tú, ha tenido que improvisar, adaptar sus habilidades y sobrevivir creando sus propios proyectos o cambiando radicalmente de entorno.

El vértigo de la incertidumbre laboral nunca desaparece por completo. Sin embargo, cuando logras ver tu propia trayectoria no como una serie de fracasos o proyectos aislados, sino como un arsenal de herramientas transferibles, dejas de sentir que el OXXO es tu única salida de emergencia y empiezas a darte cuenta de que, en realidad, tienes mucho más que ofrecer de lo que el sistema te hizo creer.

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Por Nery Díaz

Licenciado en Negocios Internacionales, fundador y CEO de una agencia de publicidad, y actualmente estudiante de Psicología. A lo largo de mi trayectoria he desarrollado proyectos relacionados con comunicación, publicidad, empleo y creación de contenido digital. Durante varios años también gestioné una plataforma enfocada en la publicación de vacantes, experiencia que fortaleció mi interés por el entorno laboral y el desarrollo profesional. Disfruto escribir artículos sobre negocios, trabajo, comportamiento humano y temas de actualidad, buscando siempre aportar una perspectiva práctica, cercana y bien fundamentada.

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